domingo, 17 de septiembre de 2017

Recogiendo semillas en Valdeganga

    Hoy he ido con María del Mar a la Ribera del Júcar, a Valdeganga, a una zona que conocía poco, a las afueras del pueblo. Me sorprendió hace unos años ver, junto a la carretera, unos ejemplares de pino resinero (Pinus pinaster), siendo esta zona de sustrato tan calizo. El caso es que había varios árboles y parecían estar en buenas condiciones. Por la zona, también crecían espartos, bojes, tomillos, encinas, coscojas, espinos negros y, sobre todo, mucho romero.
Pinus pinaster
Pinus pinaster
    Aunque íbamos solamente a coger semillas para el vivero de ARBA Albacete y no teníamos la intención de fijarnos en la fauna, hemos visto, casi por casualidad, varios insectos interesantes. Por esta época, se observan los adultos del cerambícido Vesperus fuentei y hoy hemos visto una hembra sobre una coscoja. Los machos, mucho más delgaditos y de enormísimas antenas, también son fáciles de ver a finales de verano.
Vesperus fuentei
    Hemos recogido semillas de boj, espliego, espino negro y cuatro o cinco bellotas de coscoja, que aún están verdes. A la vuelta, nos hemos entretenido viendo los numerosos fósiles recientes de planórbidos y otros gasterópodos que se encuentran por la zona.
Anochece.
Planórbido fósil.
Planórbido fósil.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Se acerca el otoño

15.09.2017. Ya. Ya sé que todavía no ha comenzado el otoño astronómico. Que aún estamos a más de 20 C durante el día. Que los árboles siguen verdes (aunque el otro día vi dos álamos cerca del Pozo de la Cañada amarillos). Pero llevamos dos semanas de otoño meteorológico que realmente no han dejado mucha lluvia (algo, sí) y en la sierra de Chinchilla, las plantas y los animales se preparan para recibir esta nueva estación, diría que mi favorita, la más interesante junto con la primavera. 
    Muchos arácnidos han madurado por estas fechas. Los ortópteros salturrean entre los tomillos, esquivando depredadores: mántidos, reptiles, aves. Las ninfas de Empusa crecen lentamente: pasarán el invierno escondidas, boca arriba, como las estudiara Fabre, guardándose del frío entre las matas. El caracol judío (Sphincterochila candidissima) Por su parte, el mundo vegetal también sufre cambios en septiembre: las ajedreas se tiñen de blancas flores de nieve, las abundantes bellotas, aún verdes, engordan progresivamente y los frutos del rosal silvestre se sonrojan. La flor de la quitameriendas (Merendera montana = Colchicum montanum) salpica, aquí y allá, mis páramos...
Hersiliola sp. guareciéndose bajo una piedra. Pudiera ser H. macullulata
Quitameriendas (Merendera montana).
Andaba buscándolas, pues florecen en esta época, y María del Mar las vio antes que nadie.
Ejemplar hembra de Mantis religiosa. Es curioso cómo hacía tiempo que no veía
una mantis religiosa de color verde, siendo siempre marrones o amarillentas. Este año,
solamente he visto tres ejemplares, uno de ellos en Galicia, y los tres eran verdes.
    En un entorno cercano a lo que llamábamos Era del Ataúd, aunque ya no lo es... (bromas aparte); encontramos dos Mantis religiosa o insecto de Santa Teresa. Un macho y una hembra, ambos verdes. En septiembre y octubre, las mantis llegan a la madurez. Todas las que han sobrevivido han llegado a este tiempo para un propósito, el de la reproducción. La hembra prosigue con su vida, entre los arbustos, en busca de saltamontes, pequeños grillos, dípteros... que se le pongan a tiro de pata prensora. Los machos, delgados y antenilargos, con poder volador, consuman en este tiempo el propósito de su existencia.
    Mientras anochece, los animales del crepúsculo empiezan a ocupar su lugar en el escenario nocturno del monte mediterráneo. Las mantis, encaramadas a los arbustos, boca abajo, reducen su actividad, oscurecidos sus grandes ojos...
Anochece en mis páramos.

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Andrés de Teixido

"-¡Jesús, María, José! -exclamó entonces, santiguándose-. ¿Quién eres y qué quieres de mí?
Y el fantasma habló con la voz afligida, un poco en falsete, de todos los fantasmas:
-Soy el ánima de Fiz Cotovelo, el de Cecebre, que anda penando por estos caminos.

-¿Quieres unas misas? -preguntó Fendetestas, como si las llevase él en el bolsillo.
-Nunca vienen mal -parece que respondió el fantasma-. Pero si me ves así es porque hice en vida la promesa de ir a San Andrés de Teixido, y no la cumplí, y ahora necesito que un cristiano vaya descalzo y peregrinando en mi lugar, y que lleve una vela tan alta como yo he sido."

El bosque animado,
Wenceslao Fernández Flórez (1943)

Santo André de Teixido.
    Yo quería visitar un pueblo de la provincia de La Coruña llamado San Andrés de Teixido, una bella aldea situada casi al borde de unos acantilados junto al mar, en el municipio de Cedeira. Supongo que fue una promesa que me hice a mí mismo pensada a raíz de leer el libro que menciono arriba. Para quitarme la hincha, fuimos Alfonso y yo el quinto día, el 29 de julio de 2017. Es curioso, pero dentro de la Península Ibérica, San Andrés de Teixido es el lugar más lejano de mi casa que he visitado. Teníamos previsto pasar el día por la zona y bichear con tranquilidad. Primero, visitamos su famoso santuario, la capilla de San Andrés, famoso lugar de peregrinación, también conocido como "la capilla del fin del mundo". Tomamos unas fotos, comimos en "Os Loureiros" (100% recomendable) y nos dispusimos a explorar la zona. Subimos una callejuela que se internaba por un sendero entre arbolillos, hacia O cimal da costa. El camino era umbrío, húmedo, lleno de helechos y tábanos que se nos posaban en el cuello y a mí me picaron. Había florecillas, como malvas y poleo, y helechos como la lengua de ciervo (Phyllitis scolopendrium).
Malva, posiblemente Malva tournefortiana.
    El sendero subía y subía, entre fentos y muretes de rocas oscuras. Por el suelo saltaban decenas de saltamontes, acrídidos que aún no he identificado. Había grandes laureles, avellanos, alisos, sauces y pinos en torno al camino, que atravesaba algunas huertas y establos.
Camino hacia A costa pequena.
Caracol de Quimper (Elona quimperiana), molusco escaso que se puede
observar en el norte de la Península Ibérica y en el oeste de Francia. Especie protegida.
Acrididae.
    Atravesamos una plantación densa de eucaliptos en la que todavía quedaba algún rastro del bosque caducifolio original, como robles y avellanos, y tardamos en subir casi una hora. Nos sorprendió una pequeña culebra lisa europea (Coronella austriaca) que se nos cruzó en medio del camino.
Culebra lisa europea (Coronella austriaca)
Las vistas eran magníficas conforme subíamos.
El Océano Atlántico en todo su esplendor.
Exosoma lusitanicum.
    Conforme avanzábamos hacia lo alto de la ladera, la floración de los brezos y el tojo nos sorprendía. Tuvimos que descansar varias veces, porque el sol se colaba entre las nubes y nos acalorábamos en seguida. Había abejorrones libando sus flores y dípteros diversos. De vez en cuando, veíamos algún lepidóptero, como una C-blanca (Polygonia c-album). De repente, en medio del camino, nos encontramos un pequeño animal muy curioso, que resultó estar muerto; era un pequeño escarabajo reluciente llamado Trypocopris pyrenaeus. Nunca lo había visto.
Trypocopris pyrenaeus
     Finalmente, llegamos a la parte superior de la ladera, donde nos encontramos con un curioso paisaje. Se notaba que estábamos a unos 100-200 m sobre el nivel del mar, que quedaba a nuestras espaldas. Los tojos crecían aquí y allá, y también algunos pinos, que se agrupaban más densamente delante de nosotros, al otro lado de una carretera. Un ruido ensordecedor nos mantuvo alerta, pero solo se trataba de una caravana de motocicletas que iban hacia San Andrés de Teixido. Una vez hubo pasado semejante y curiosa manada, cruzamos al otro lado. Entre los pinos de Monterrey y los marítimos, volaban algunas tarabillas, y la hierba estaba cuajada de setas de varias especies. A lo lejos, había un grupo de caballos.
Thymus cf longicaulis.
De aspecto achaparrado por estar muy expuesto a los elementos y el ramoneo.
Pinos y hongos.
Russula sp.
    Tras un paseo entre los pinos, levantando piedras y encontrando interesantes babosas y miriápodos, volvimos sobre nuestros pasos para contemplar en panorama del Atlántico y los cortados coruñeses del entorno de San Andrés de Teixido.
Dianthus sp.
Cucaracha del género Phyllodromica.
San Andrés de Teixido.
Erica vagans.
    El viento empezó a arreciar con más fuerza. Entre las grandes rocas de aspecto arcilloso y los milladoiros, encontró Alfonso una curiosa huella, sin duda, del famoso y desconocido "Niño de Teixido".
"El Niño de Teixido es un ente que habita en los alrededores de la aldea de San Andrés de Teixido, en Cedeira. Hace muchos años, una familia de fama que vivía en la zona, se dió cuenta de que uno de sus hijos no acudía a la mesa. Cuando entraron en el dormitorio, no le encontraron. Lo buscaron por toda la zona, hasta en el mar, sin dar con él. Todos aportaron pruebas de que había sido capturado por una meiga, otros juraban haber visto la Santa Compaña acompañando al niño... Temiendo lo peor, lloraron su ausencia y al tiempo se ofició en el santuario de la aldea una misa en memoria del joven. Lo cierto es que el Niño de Teixido, que así fue llamado desde que empezó a realizar tropelías en la zona, no había muerto. Sintiendo la llamada de los montes y los bosques, se había fugado de casa. Cuando todos los aldeanos acudían a misa, el Niño de Teixido, envuelto en ramas de laurel y de avellano, entraba en las alacenas y los armarios donde se almacenaba la comida, se atiborraba y huía a los montes. Entre los tojos, comía con sus gruesos y cortos dedos crujientes escarabajos brillantes. Su aspecto, deformado por la vida salvaje, cubierto de un denso y largo pelo en la curva espalda, no recordaba ya al aspecto humano que un día había tenido. Más de una vez, los peregrinos que acudían a San Andrés de Teixido le habían sorprendido acurrucado entre los milladoiros y, al darse cuenta de que era observado o incluso apuntado con un arma, arrugaba el rostro y suurraba con su voz baja siseante: "¡Teixido! ¡Teixido!". Durante siglos, el Niño de Teixido, convertido en espíritu travieso y juguetón, ha robado comida y lanzado piedras en la zona, y así será durante muchos años más."
Huella del Niño de Teixido. Suponemos que son dos huellas de animales superpuestas.
    Como la luminosidad se iba reduciendo y la nubosidad, aumentando, decidimos volver a la aldea. Anduvimos de vuelta por el mismo camino que habíamos subido un rato antes, esta vez, más rápido y menos cansados, pero viendo menos cosas. Nos sorprendió pasar por donde habíamos visto el Trypocopris y encontrar decenas de ejemplares de esta especie muertos que no habíamos visto en la subida. Fue raro, no entendemos por qué. Supongo envenenamiento, porque esa concentración de insectos muertos no era normal. Observamos también un par de busardos ratoneros (Buteo buteo) sobre los eucaliptos.

Bombus pascuorum.
Merendera, me recuerda a Merendera montana, pero su floración me pareció muy temprana
comparada con la de las que crecen en Albacete, que suelen hacerlo a partir de septiembre.
Supongo que el otoño ya estaba a la vuelta de la esquina en esta zona de España.
Un bonito saúco creciendo junto al camino.
Oruga de Aglais io.
    Así acabó la jornada de bicheo por La Coruña, por Cedeira, donde vimos y vivimos tantas cosas buenas. Aún quedaban tres días de paisajes maravillosos por la bella y mágica tierra de Galicia, junto a mi querido amigo Alfonso, y no parecíamos quedarnos sin ganas de explorar más...

sábado, 2 de septiembre de 2017

Un día en la Sierra de Chinchilla que culmina con una muy interesante sorpresa

    Salgo a la Sierra de Chinchilla poco antes de la hora de comer, con algo de alimento (tortilla de patatas, aceitunas aliñadas por mí, pechuga empanada, espetec, abundante agua y anacardos y cacahuetes con chocolate; no se escatima). Primero voy al Espartal, reviso una plantación de encinas y pinos piñoneros que hicimos con ARBA. Compruebo que casi todas las encinas están perfectas y algunos pinos han muerto. Además, aquí y allá se pueden ver brotecillos nuevos de encinas. Mientras voy de un plantón a otro, me cruzo con una ninfa de Empusa pennata y con una hembra adulta de Rivetina baetica. Cientos de saltamontes vuelan a mi paso.
Rivetina baetica.
    Uno de los saltamontes que veo, un curioso Calliptamus, que supongo que se trata de C. wattenwylianus, llama la atención por su coloración. Al hacerle la foto, me doy cuenta de que tiene un pequeño ácaro parásito agarrado a una pata. Este saltamontes es común en el Mediterráneo Occidental. El sol pega fuerte, a pesar de lo que anunciaba la previsión meteorológica, así que fui directo a la zona de picnic, donde hay mesas, no sin antes parar en unas encinas a las que guardo especial cariño. Durante casi todo el tiempo que estoy cerca del Espartal, el cielo permanece repleto de nubes de abejarucos (Merops apiaster) que vuelan en dirección sur, llenando la zona de sus alegres gorjeos. Observo una podalirio (Iphiclides feisthamelii) que persigue a una blanquiverdosa (Pontia daplidice).
Calliptamus cf. wattenwylianus. Se aprecia el ácaro rojo en la pata trasera.
Gorgojo de las bellotas (Curculio elephas) sobre encina.
    Mientras como tranquilo, el cielo se nubla algo, y en el suelo del bosque, entre los pinos, veo una pequeña lagartija. Comprobando con el zoom de la cámara, veo que se trata de un juvenil de lagarto ocelado (Timon lepidus) que acude a una piedra a asolearse. Corre el aire. Tras comer, me entretengo mirando bajo las piedras de alrededor. Encuentro algunos hormigueros, uno de Camponotus pilicornis, otro de Camponotus cf. aethiops y varios de Aphaenogaster iberica, y otros de una pequeña hormiga parda que no conozco. Me parece curioso observar, en los nidos de Aphaenogaster, partes desmembradas de otras especies de hormigas. Me alegra ver, aunque sea, un élitro de carábido, posiblemente de un Carabus lusitanicus. Bajo otra piedra, encuentro una Scolopendra cingulata de mediano tamaño, que dasaparece a toda velocidad en una grieta. Me fijo en que hay algunas mariposas de pequeño tamaño revoloteando en esta zona del pinar.
Morena (Aricia cramera).
Manto bicolor (Lycaena phlaeas).
Morena (Aricia cramera).
Bellota de coscoja (Quercus coccifera). Nótese la característica cúpula espinosa de esta especie.
    Me voy desplazando poco a poco hacia el borde de un campo de cultivo donde una vez encontré una pieza de cerámica curiosa aunque sin interés. Sigo levantando piedras, sin embargo, no aparece bajo ellas ningún animal de interés, excepto un par de arañas gnafósidas de la especie Nomisia aussereri. Siguen saltando de aquí para allá ortópteros, casi todos son Oedipoda y algún Oedaleus decorus macho. 
Oedipoda charpentieri.
    El espliego (Lavandula latifolia) anda también en plena floración, algunas matas de tamaño importante guardan en sus espigas insectos de interés, como este hemíptero que vi por primera vez: 
Camptopus lateralis.
    Tras permanecer sentado un buen rato en una roca, pegado al bancal, contemplo algunas aves cerca. Unas perdices, pardillos, cogujadas, golondrinas, más abejarucos, vencejos... Decido continuar hacia uno de mis lugares favoritos, la ladera de las albaidas, no sin antes acercarme a una retama que crece junto al camino para buscar semillas. No tiene muchas este año, pero encuentro, en otra cercana, unas curiosas y coloridas orugas: Uresiphita gilvata. Esta polilla de la familia de los crámbidos tiene preferencia por las genistas y retamas.
Uresiphita gilvata.
     Sigo directo a la Ladera de las Albaidas, donde me espera un sinfín de sorpresas. Veo los montes que empiezan a rodearme, cubiertos algunos de pinos repoblados y el resto de romeros y espartos con algunas coscojas y encinas. Veo rocajes que me atraen mucho, me recuerdan a los berrocales de Guadarrama, siendo los de Chinchilla de origen sedimentario. Trepando, entre los pinos y los romeros, llego a uno de ellos, que observo con detenimiento.
Ceterach officinarum
    De repente, bajo un saliente de la roca, veo una planta que no me puedo creer que esté ahí: varias doradillas (Ceterach officinarum), una especie de helecho que crece en fisuras rezumantes, por lo general, en zonas mucho más húmedas que este lugar. Me sorprende mucho donde está, aguantando como una campeona, entre aladiernos, enebros y tomillos. Me pongo a pensar y compruebo cómo es posible que aguanten ahí esos pequeños fentos. Crecen sobre una "pelota" de musgo, protegidas por el saliente de roca y orientadas al norte. Sin duda, un hallazgo interesante, custodiado por una araña patilarga (Holocnemus pluchei) y un Iberus alonensis. La doradilla es un pequeño pteridófito que crece en fisuras de rocas calcáreas y que, en tiempo seco, se arruga como una vieja cartulina marrón y puede permanecer en este estado durante meses. Con la llegada de las lluvias y la humedad, sus frondes se rehidratan y expanden. Como veis, las que encontré aparecen hidratadas debido a las tormentas de los días anteriores. Me vuelvo al camino, bajando por las laderas, y me pregunto si habrá más doradillas por la zona. Seguro que sí...
    Encuentro, volviendo al sendero, dos insectos muy interesantes: una ninfa de Ameles picteti y un escarabajo que creo que pertenece al género Jekelius, que amablemente me confirma José Ignacio López Colón, su autor.
Ninfa de Ameles picteti.
Posible Jekelius sp.
    Decido seguir caminando, me acerco al borde del precipicio de la Ladera de las Albaidas, y me asomo a contemplar el panorama. Las albaidas tienen muchas hojas todavía, algo casi impensable en zonas donde esta planta es mucho más corriente, como Murcia o Alicante. El pinillo de oro (Hypericum ericoides) está en flor, a pesar del calor reciente. Un gavilán (Accipiter nisus) sobrevuela el lugar, alejándose hacia el sureste. A unos cientos de metros a mi derecha, hay gente saltando en paracaídas. Cuando les veo volver a la cima de la ladera durante decenas de metros, cargados con el paracaídas envuelto a la espalda, me recuerdan a pequeños caracolillos con la casa a cuestas. Intento alargar la estancia en la zona curioseando los romeros y mirando bajo piedras. Veo un excremento seco, supongo que de perro, y compruebo que hay sobre él un pequeño escarabajo de la familia Scarabaeoidea, podría tratarse de un Trox perlatus.
Trox cf perlatus.
    Es hora de ir volviendo, aún queda caminata. Me entretengo mirando los romeros, y debajo de las piedras, donde no veo nada de interés excepto algún hormiguero. Sobre los romeros, se agrupan las mariquitas de siete puntos (Coccinella septempunctata), ignoro el por qué, tampoco hace tanto frío. Una libélula roja de la especie Sympetrum fonscolombii se me acerca.
Sympetrum fonscolombii 
Pues parece que se ha quedado buena tarde.
    Hay hormigas voladoras por la zona, pero no las conozco. Finalmente, me encuentro con una mantis iris (Iris oratoria) hembra, sobre un romero y me entretengo haciéndole fotos mientras el sol se pone y el viento arrecia con más fuerza. Decido volver a casa... pero nunca es un adiós, siempre es un hasta luego.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Pino albar (Pinus sylvestris) a tinta


    Sigo con mis dibujos a tinta. Esta vez, os muestro un pino albar (Pinus sylvestris) que hice el otro día, inspirado por algunos que vi en Galicia.

Eurypharynx pelecanoides

    Hoy me dije: "Voy a dibujar algo raro", y me salió esta anguila pelícano. Tinta sobre papel.

martes, 15 de agosto de 2017

Las Islas Cíes

    Este es el cuarto día de mi estancia en Galicia, el 28 de julio de 2017. Desde Cangas salió un catamarán blanco que atravesó la Ría de Vigo, paró unos minutos en el muelle de Vigo, donde recogió a un grupo de personas, y se encaminó a las Islas Cíes, a la isla de Monteagudo. En ese catamarán íbamos mi amigo Alfonso y yo. Las Islas Cíes son tres y se extienden alargadas, de norte a sur, a las puertas de la Ría de Vigo, como guardianes del lugar. Las Islas Cíes son tres, y de Norte a Sur, se llaman: Isla de Monteagudo, Isla del Faro (Illa do Faro) e Isla de San Martín (Illa de San Martiño). Forman parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El catamarán dejaba ondas blancas no mar de Vigo, y detrás, venían los golfiños, de color oscuro, con sus aletas inconfundibles, surcando el oleaje que dejaba el barco. ¡Qué emoción! ¡Delfines! Nos siguieron durante unos minutos y luego desaparecieron entre la espuma. Llegamos pronto para lo que sería un día espléndido en "la mejor playa del mundo", aunque nosotros nos internamos por los senderos marcados que recorren las Islas de Monteagudo y del Faro, conectadas por una acumulación de arena, la playa de Rodas.

    Nada más llegar a la Isla de Monteagudo, bajamos al muelle y miramos hacia las transparentes aguas de la playa. Allí había un cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) buceando y emergiendo delante de todo el mundo como si no le importase nada la presencia humana. Había incluso gente tomando el sol en la orilla y bañándose.
Cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis).
    Le dije a mi amigo Alfonso si es que había bosques sobre las islas. "Eso parece", me dijo. "Espero que no sean eucaliptos", dije. Efectivamente, lo eran. No solo había eucaliptos sino también acacias a tutiplén. Había también laureles, robles, pinos marítimos (y algún piñonero) y acebos. Al bajar del barco, llegamos a una playa arenosa vallada donde crecían diversas plantas dunares que ya vimos en Corrubedo.
Alhelí de mar (Malcolmia littorea).
Praia de Rodas.
    En seguida nos internamos por el camiño do Faro de Cíes, entre pinos y eucaliptos, y nos cruzábamos con muchísima gente que había venido a visitar las mejores playas del mundo. Se podían ver muchos pinzones vulgares (Fringilla coelebs) en busca de migajas bajo algunos bancos.
Pinzón vulgar (Fringilla coelebs).
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis) sobre un pino. Al fondo el Lago dos Nenos.
    Cuando llegamos al Lago dos Nenos, me sentí muy feliz de observar, desde tan cerca, algunas especies de peces en libertad. Este pequeño lago se forma entre las dos islas y el agua se acumula y se remansa tras las rocas.
Múgil (Mugil cephalus).
Gobio (Gobius sp.).
Dorada (Sparus aurata), junto a un serránido, creo, y una julia (Coris julis).
    Los transeúntes también se fijaban en los peces que nadaban en el Lago dos Nenos. Había dos agujas (Belone belone) que no pude fotografiar correctamente para mostrarlas en el blog, pero pudimos admirarlas bien a traves de la turbia agua. Seguimos caminando hacia el sur, por el sendero, subiendo y bajando, internándonos en los bosques de las islas. Pasamos junto al antiguo y pequeño monasterio de la Isla del Faro, que perteneció a monjes franciscanos.
El madroño (Arbutus unedo) es una especie común en muchas zonas de Galicia.
Bosque en Cíes.
Ninfa de Tettigonidae, posiblemente Phaneroptera.
    La caminata se nos hizo bastante larga en algunos tramos, pero cada vez estábamos más cerca de un observatorio de aves al que queríamos llegar. Finalmente, tras mucho subir y bajar laderas bajo un sol de justicia, entre secarrales y pinos, llegamos. Valió la pena el sufrimiento...
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis).
Gaviota patiamarilla descansando.
Y otra.
Islas Cíes.
    Tras observar cientos de gaviotas patiamarillas (no se veía ninguna otra especie, excepto unos cormoranes que descansaban junto a las olas), decidimos continuar el camino y llegar hasta uno de los faros. No sabíamos lo que nos esperaba. Fijaos en la subida al faro, en la foto inferior.
Uno de los faros de las Cíes.
    Igualmente, como nos gustan los retos y somos jóvenes y valientes, continuamos caminando y subimos hasta arriba del todo, bajo un sol nada gallego. En las paredes de rocas corrían lagartijas y a los lados del camino nacían unas flores amarillas de cardo. Finalmente, cuando hicimos cumbre, nos sentamos a la sombra de una pared, abrimos los macutos y nos dispusimos a devorar con fruición la comida que llevábamos a cuestas. Descansamos un rato y seguimos explorando. Las vistas a los alrededores del faro eran impresionantes. A lo lejos, se veía un gran barco de vela anclado. Las gaviotas seguían volando y entonando sus característicos graznidos en torno a las islas.
Pudimos observar otra vez al carraspique (Iberis procumbens),
que crece aquí disperso entre las rocas que sujetan el faro.
Vistas impresionantes.
    Bajamos a toda velocidad del faro, recorrimos el sendero de vuelta y volvimos al Lago dos Nenos, donde habían salido a alimentarse un grupo de cangrejos corredores (Pachygrapsus marmoratus). Volvimos a ver lisas, gobios y agujas, pero la dorada se había esfumado.
Cangrejo corredor (Pachygrapsus marmoratus).
    Alfonso y yo estábamos deshidratados, somnolientos y muy cansados, así que nos sentamos en un escalón del centro de información, a hablar y descansar un poco. No quería levantarme del cansancio y la sed, pero era inevitable sentir en nuestro interior esa fuerza sobrenatural que nos ayudó a seguir caminando en busca de nuevas observaciones naturalísticas. Bebimos agua y seguimos.
Eucaliptos plantados con fruición y sotobosque de fentos.
Araña de la familia Gnaphosidae.
Planta de la familia Asteraceae. Sin id.
    Seguimos caminando, caminando... hasta que llegamos a otro acantilado, donde Alfonso se detuvo con tranquilidad a fotografiar una gaviota patiamarilla que no se asustaba de los caminantes.
Las formaciones geológicas de las Islas Cíes son muy curiosas.
Gaviota patiamarilla (Larus michahellis).
Islas Cíes.
    Finalmente, subimos al mirador, donde se veía a la perfección la isla del sur, y luego bajamos por el camino por el que habíamos venido, en dirección hacia otra parte de la isla, donde se podían ver cormoranes. Por el camino nos íbamos parando con todo lo que nos parecía interesante.
Exosoma lusitanicum.
Lagartija lusitana (Podarcis guadarramae lusitanicus).
Vanessa atalanta.
    Nos encaminamos hacia unas playas muy escarpadas al este de la isla, desde las cuales podíamos ver la ría de Vigo. El terraplén bajaba salvajemente y el camino se hacía muy empinado a tramos. Donde rompían las olas había cormoranes moñudos que se asoleaban tranquilamente.
Cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis).
    A unos metros de la empinada costa de la isla, crecían torviscos (Daphne gnidium) y sus flores atraían lepidópteros diversos:
Náyade (Celastrina argiolus).
Sátiro (Hipparchia statilinus).
      El sol, el calor y el cansancio nos obligaban, poco a poco, a ir cada vez más lento y a fijarnos en menos cosas. Sin embargo, estaba siendo una jornada maravillosa, habíamos visto paisajes sorprendentes y teníamos las tarjetas de memoria (y nuestras propias memorias) repletas de imágenes irrepetibles. Volviendo con tranquilidad hacia el muelle, alejándonos de la escarpada ladera, vimos un cadáver de gaviota. A Alfonso y a mí nos dio por mirarlo, sin darnos cuenta durante unos segundos, de que justo encima del animal muerto, había otro vivito y coleando: un juvenil de lagarto ocelado (Timon lepidus). Dos mujeres pasaron por allí y se nos quedaron mirando, intentando ver lo que veíamos nosotros. Desde donde estaban ellas, no se veía el lagarto, con sus ocelos multicolores. Ahora caigo en que tendría que haberles dicho lo que estábamos viendo; en su lugar, mi amigo y yo quedamos como un par de locos que van por ahí fotografiando cadáveres de gaviota...
Lagarto ocelado (Timon lepidus).
    Nuestro catamarán volvía a Cangas a las siete de la tarde y una hora antes ya habíamos explorado todos los senderos de las Cíes. Fuimos a descansar a la sombra del edificio del bar, sentados en el suelo estuvimos mirando un rato las fotos que habíamos hecho... ¡¡pero incluso en esos momentos, no podíamos dejar de bichear!! Nos levantamos para caminar hacia una pequeña playa arenosa cercana.
Calliptamus cf italicus.
Pollos de gaviota patiamarilla.
Pinos dibujables.
Oruga de la maravillosa Brithys crini, la polilla de la azucena de mar.
    Y con esta última foto, mi cámara decidió descansar, ya que llevaba todo el día haciendo fotos y vídeos, más que ningún otro... Por suerte, no vimos mucho más, excepto una planta de la que me había hablado mi amigo Jan van der Bol: la camarina o camariña (Corema album), de la familia de las ericáceas y considerada "En peligro crítico de extinción" por la UICN.
Camariña (Corema album).
    Finalmente, el catamarán nos recogió y nos llevó de vuelta a Cangas. El sol se ponía tras la bruma y yo intentaba grabar a fuego en mi mente todas las vivencias del día. Permanecimos en silencio, mirando a las Islas Cíes, durante varios minutos. Quedé embelesado mirando as ondas no mar de Vigo, intentando divisar alguna aleta de cetáceo, pero no hubo suerte esta vez, como sí la hubo durante la ida. Fue una vuelta agradable, demasiado corta tal vez, con un deje de morriña por las islas. Pero seguíamos en Galicia, aún quedaban muchas aventuras que vivir. Al día siguiente iríamos a La Coruña, a San Andrés de Teixido, ni más ni menos, así que necesitábamos descansar para la aventura suprema para la promesa que yo me había hecho a mí mismo... ¡Adiós, Cíes, hasta pronto! ¡Prometo volver a veros!
Adiós, Cíes, hasta pronto.

"Ondiñas veñen,
ondiñas veñen,
ondiñas veñen e van,
non te embarques, rianxeira,
que te vas a marear."